El mensajero del miedo

En el verano de 1985, un técnico nuclear israelí fotografió el centro nacional de investigación atómica de Dimona en el que se procedía a la creación de armas nueclares, a pesar de que el gobierno de Israel declaraba que no existían tales, mientras declinaba a firmar el Tratado de No Proliferación de este tipo de armamento, con el apoyo tácito de EE.UU. Meses más tarde, Mordejai Vanunu, el técnico, entregaba los documentos gráficos a un periodista de The Sunday Times para su publicación. Un año más tarde es secuestrado en Australia por el Mosad, servicio secreto israelí, y envíado a una de las carceles sionistas. Sometido a un juicio secreto, fue condenado a 18 años de cárcel, 11 de años en régimen de aislamiento, en el que se le sometieron a vigilancia constante, con la luz encendida durante 3 años, maltrato constante, interrupción constante del sueño, junto con otra serie de torturas más. Excarcelado en 2004, le fue prohibido abandonar el país así como el contacto telefónico o personal con extranjeros.

Excluido los métodos del gobierno israelí y la permisividad de la comunidad mundial, el tema que circunscribe esta situación se encuentra en boga por la doble moral de las naciones mundiales ante las pruebas nucleares de Irán y Coreal de Sur, mientras que EE.UU., Rusia, Gran Bretaña, Francia y China mantienen en la actualidad un arsenal nuclear. ¿Qué justificación mantienen esas seis potencias mundiales para determinar que otros países no pueden equiparar su potencial militar? ¿Quién determina su papel de reguladores, jueces morales? No es ya ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Es proclamar el no matarás con una pistola humeante en la mano.

 

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