Cuestión de honor


Directo al grano. Ayer Juan José Anaut, redactor en el diario Marca, escribió lo siguiente, con motivo de los pitidos de los aficionados de ambas hinchadas que disputaron la Copa de rey de fútbol en el estadio de Mestalla:

Un comportamiento indigno

Lamentable. Es la única palabra que se me ocurre para calificar el comportamiento de los hinchas del Athletic y Barcelona en los instantes previos a la disputa de la final de Copa. La tremenda pitada con la que saludaron la presencia del primero de los españoles, el Rey don Juan Carlos, y con la que acompasaron el himno de España sólo refleja la intolerancia de algunos. Lo que debía ser la fiesta del fútbol español se convirtió en una demostración de la falta de respeto que algunos tienen por lo que no comparten. Esto es fútbol y no política, así que dejemos las demostraciones de nacionalismo para otros ámbitos. Aquí se trata de disfrutar del balompié y el que no quiera tararear el himno, que se calle, pero que no falte al respeto. Claro que con el silencio previo de Macua y las declaraciones sobre países y naciones de Laporta es mucho pedirle a una masa enfervorecida que se comporte con educación y respeto.

Este comentario fácil, demagogo del periodista del medio deportivo es fácilmente rebatible. En el último partido de la selección española, contra Turquía en el estadio Santiago Bernabeu, los aficionados de la rojigualda pitaron de igual manera el himno de los otomanos, pero en aquella ocasión no leí decenas de reseñas ni escuché cientos de comentarios sobre el mismo. El desprecio del orgullo. Por más que lo analizo, no encuentro diferencia entre los habituales silbidos y abucheos de los locales ante los visitantes, los insultos a jugadores y entrenadores del equipo rival y árbitros de escasa o ni siquiera merecedora fortuna. Bueno, sí que la que encuentro en realidad. Es la facilidad de manejar un discurso chovinista respecto al sonido de viento de ayer. La justicia y la honra no venden periódicos. Le espero en este mismo lugar, con esas mismas palabras, la próxima ocasión que la afición merengue silbe a un jugador, cuando la del manzanares lance un botella de ginebra o la getafense haga ruidos simiescos. Aguardaré en su columna para escuchar su airado discurso cuando en Sevilla se asomen los palos y las bengalas, cuando Galicia vuelen los estandartes. Aquí me encontrará dispuesto a ser aleccionado cuando no suene el himno chino o las banderas sean izadas del revés.

No resulta un comportamiento indigno la lección de civismo que demostraron los seguidores del Athletic al señalar al inhumano que lanzó una lata a Alves. No es llenar un campo de fútbol, o realizar multitudinarios homenajes y despedidas a sus héroes lo que hace grande a un club y a unos seguidores. Les hace dignos reconocer su humildad, mantenerse firmes ante la adversidad, y sobre todo, su hambre de orgullo y respeto. Y ayer, al señalar al infractor, se alimentaron del mío.

 

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