El productor

El fin de semana pasado, aprovechando la fiesta de la patrona aquí, en la capital de reino de monarcas vilipendiados hasta un estado comatoso, decidí reordenar un poco mi vida, eliminando al menos aquellos deberes que encabezaban mi hoja de pendientes desde hace ya unos cuantos meses. Y con ello, vi dos documentales que evidencian las diferencias de estilo y rompen con las manidas frases hechas sobre la calidad del cine europeo (en este caso concreto, español) y el menosprecio del que nos llega del imperio del otro lado del Atlántico.

Elías Querejeta es uno de los productores más reconocidos de la península. Gracias a él, han visto la luz obras como El espíritu de la colmena, La caza, Los lunes al sol, Cuando vuelva a mi lado, 27 horas, Barrio... Ha sido espíritu, guía, estrella polar de la cinematografía española desde la posguerra hasta nuestros días. Inquieto por naturaleza, encabezó la reconversión del cine español, maniatado hasta entonces por el folclore en celuloide promovido por la dictadura dominante, que dirigía una censura de tijeras en ristre a la que sorteaba y burlaba el ilustre ex-portero de la Real Sociedad. En la actualidad, se ha convertido en el adalid de los renaciomiento de los documentales.

Ese proceso, no sólo laboral, si no igualmente vital es que el resume la escasa hora y media de metraje, que adolece seriamente de una condescendencia en ocasiones nauseabunda. El documental pasa de puntillas por el episodio más oscuro de la filmografía de Querejeta: el traumático parto de El sur y las desavenencias con Víctor Erice, al suspende unilateralmente el productor la filmación de la película y obligar al director al montaje de la mitad del proyecto planificado. Asimismo, en relación a este punto, tampoco polemiza sobre las insinuaciones de intervencionista al, a veces, polémico productor. Una cosa es la reverencia y otra el servilismo o el tributo exagerado que raya la loa o la oda.

Robert Evans fue un chico guapo, un hombre bello, de esos que tan sólo por su físico podían aparecer delante de una cámara. Pero es también un hombre listo, astuto, perspicaz, un Rommel de los negocios, que tras meter un primer pie en el cine, eligió bien la silla en la que sentarse antes de que la canción parase de sonar. Eligió la del productor.

Evans también tuvo "hijos" bellos: Chinatown, La semilla del diablo, El Padrino, Cotton Club... y sonoros batacazos, como Popeye. Igualmente en lo personal y de todo hace un resumen el documental autobiográfico El chico que conquistó Hollywood. Parcial, autocomplaciente, el endiosamiento del personaje y el ensalzamiento de su persona es en ocasiones excesivo, rozando el ridículo, pero el subyugante estilo, tanto visual como narrativo condona el pecado de la soberbia. Hay que verlo con reservas pero disfrutando del magnífico contacuentos que es Evans.

"El cine estadounidense es comercial, banal, sin sustancia, artificio sin contenido". "Hay que defender el cine patrio, que enriquece el espíritu con la disección de su alma y su entorno". Odio las defensas nacionalistas en general, y cinematográficas en especial. El cine no conoce de nacionalidad. No puede gustarte o no el cine español. Te gusta una película, el sello de un director, aborreces un estilo de narración o filmación. En un país que se defiende los malos modos de un jefe de estado (no decían nuestras madres, si no te gusta que te lo hagan, no se lo hagas a los demás) superponiendo la bandera, menos protección nacional del cine y mayor defensa intelectual del espectador.

 

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